Vanessa Patino Marin

7 Feb 2011

EL PACTO DIABOLICO

A un pueblo desolado y olvidado llega un ingenioso y aventurero comerciante. Éste, había tenido serios problemas con la ley; y no precisamente de la ley de un país, sino que este viajero se metió en serios líos con el diablo, quien en tiempos pasados lo secuestró y lo sumergió en el fuego infernal. Allí, el comerciante vivenció una guerra despiadada en donde las almas en pena se disputaban un celular por medio del cual se podían comunicar con Dios. Comunicación imposible, porque mientras un alma iba a entablar diálogo con él, las demás, le arrebataban su oportunidad.

Haciendo uso de su audacia, el comerciante logra comunicarse con Dios quien le da la oportunidad de escapar de ese oscuro abismo. Años más tarde, el diablo con toda su furia se le apareció y le increpó que su alma le pertenecía. Al oír esto, el comerciante quedó  atónito y se le ocurrió un pacto con el rey de los infiernos.

 El comerciante aterrorizado, le propuso al demonio que le diera cien celulares demoniacos para venderlos a las personas que necesitaran una tregua con Dios para remediar sus errores y lograr salvar su alma. El diablo aceptó el pacto con dos condiciones: las ganancias y los minutos. Por cada minuto desperdiciado, el dueño del celular perdía un año de su vida. Por la venta de los celulares, debía reconocerle al demonio las ganancias en oro y en un plazo de dos días. De lo contrario, el comerciante moriría de ipso facto y su alma retornaría a la hoguera infernal.

El comerciante seguro de su plan, aceptó la condición, adquirió los celulares y se dispuso a hacer su mejor negocio. Comenzó a recorrer las largas calles polvorientas del desolado pueblo ofreciendo su misteriosa mercancía.

Las personas con poca credulidad ante tanta maravilla y con cierta desconfianza comenzaron a comprar aquellos enigmáticos aparatos. El comerciante, terminada su venta, se llenó de oro. Pero, ¡oh sorpresa!, los ancianos de aquel pueblo por más que llamaban a Dios nadie les respondía.

Al comerciante se le ocurrió una brillante idea. Tomó un celular e intentó la comunicación con Dios. Sus piernas le temblaban y sudaba como nunca… De pronto, a punto de que sus minutos se acabaran, escuchó la voz del altísimo que estaba sentado en la estrella del centauro. Ansioso por embaucar a Dios, el comerciante le suplicó que contestara las llamadas de aquellos ancianos que querían una tregua para remediar sus culpas, Dios, furibundo ante tal desfachatez, cortó la comunicación y envió un rayo que destruyo su celular y fundió todo el oro que había ganado.

Los habitantes de aquel pueblo, indignados, atacaron a piedra al comerciante, vengando la estafa que les había hecho.

A la mañana siguiente, el diablo se le apareció al ingenioso comerciante malherido y frustrado; lo condenó por toda una eternidad a llamar a cada operador maléfico por haber sido tan sagaz y tan ambicioso. Mientras hablaba, por los auriculares les salía llamaradas de fuego que envolvían su cuerpo convirtiéndolo en un habitante más del infierno.